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El cálculo del riesgo aplicado a la Protección Civil
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- Creado en Sábado, 13 Noviembre 2004 00:00
- Última actualización en Sábado, 08 Octubre 2011 11:39
- Escrito por José Antonio Aparicio Florido
Gobernanza y Seguridad Sostenible, núm. 13. Noviembre, 2004. ISSN: 1695-1115.
Definiciones
Atendiendo a su significado puro, riesgo es la probabilidad de que algo suceda y provoque un daño. Si aplicamos este concepto al ámbito de la Protección Civil y al estudio de la anticipación de los desastres, nos daremos cuenta rápidamente de que, aun ajustándose a lo que queremos decir, no nos ayuda a calcular las consecuencias de un acontecimiento desfavorable. Esto es porque la definición de riesgo y el cálculo del riesgo no son la misma cosa, dicotomía muy similar a la descrita por F. Calvo García Tornell entre riesgo y análisis del riesgo; por esta razón no nos propondremos aquí intentar redefinir el concepto y nos centraremos exclusivamente en replantear su cálculo a partir de las fórmulas aportadas hasta ahora por distintos especialistas en diversas materias.
A partir de su significado extraemos los dos elementos que formarán parte de la fórmula, a saber, la “probabilidad de que algo suceda”, es decir, el suceso probable, y “que provoque un daño”, es decir, los daños esperables. Ambos elementos están íntimamente relacionados, por lo que el suceso probable del que hablamos no se trata de un suceso cualquiera, sino de un “suceso probable capaz de causar daños”, lo cual se puede simplificar con el término de amenaza o peligro. Por tanto, el cálculo del riesgo se obtiene de relacionar un peligro con los daños o pérdidas esperables que puedan derivar del mismo.
Nótese que en este primer esquema hemos preferido emplear la palabra peligro a la de amenaza. Algunos autores como Omar Darío Cardona se decantan por el término “amenaza”; sin embargo, siendo ambos equivalentes, “amenaza” denota una voluntariedad, cualidad intrínseca o inclinación hacia el daño, mientras que “peligro” se entiende como algo involuntario o fortuito. Decir por ejemplo que las lluvias intensas amenazan las cosechas es como atribuirle una intención maligna a un fenómeno meteorológico completamente natural, que contribuye al orden biológico y climático; tal vez resulte más propio decir en este caso que las lluvias intensas ponen en peligro o hacen peligrar las cosechas. Tampoco sería del todo correcto decir que la instalación de una planta de productos químicos amenaza a la población circundante o al medio ambiente, ya que no es esa su finalidad, aunque sí suponga abiertamente un peligro que requiere un especial y riguroso control. Sólo en muy pocos casos podríamos hablar netamente de amenaza, en particular los casos de sabotaje, violencia callejera, vandalismo y atentados terroristas, en los que la principal intención de sus autores es provocar el mayor número de daños materiales y económicos y víctimas humanas posible. En resumen, la distinción entre “amenaza” y “peligro” radica en la subjetividad u objetividad con que contemplemos el suceso, la circunstancia que consideremos detonante o iniciadora del mismo o la intencionalidad del ser causante del hecho; en este sentido, “amenaza” implicaría un tratamiento subjetivo del evento mientras que “peligro”, su concepción meramente objetiva. En cualquier caso, salvando esta sutil apreciación, ambos términos son correctos y equivalentes, y de hecho se emplean indistintamente para significar lo mismo.
Formulación lógica
Retornando a nuestro esquema para determinar los riesgos, que hemos planteado como una interrelación entre peligro y sus posibles daños, llega el momento de definir exactamente en qué consiste esa interrelación. F. J. Ayala Carcedo considera que riesgo es la sumatoria de tres factores imprescindibles: peligrosidad, exposición y vulnerabilidad (R = ∑ P E V), mientras que tradicionalmente se ha venido interpretando como el producto entre peligro y vulnerabilidad (R = P x V). La cuestión es que ambos planteamientos son matemáticos, pero, siendo válidos o no, consideramos que anterior a la formulación matemática es necesario expresar la siguiente formulación lógica:
Es decir, el riesgo será verdadero si el peligro es verdadero y los daños esperables también lo es. Por el contrario, si alguno de los dos elementos fuera falso (no existen o no se prevén), el riesgo también sería falso. El siguiente cuadro recoge todas las posibles combinaciones lógicas entre dos elementos utilizando una puerta lógica del tipo AND (Y).
| Verdadero .Y/And. Verdadero = Verdadero Falso .Y/And. Verdadero = Falso Verdadero .Y/And. Falso = Falso Falso .Y/And. Falso = Falso |
En otras palabras, si no existe ningún peligro, no hay probabilidad de que se produzcan daños; del mismo modo, si no se esperan daños o pérdidas, aun existiendo el peligro, éste no supondrá ningún riesgo. Veamos algunos ejemplos.
- En pleno desierto del Sáhara, la probabilidad de registrarse una inundación es nula, no prácticamente nula, sino totalmente nula; por tanto, el riesgo de inundaciones en el desierto del Sáhara es cero, o, según nuestra formulación lógica, falso o inexistente. (F .Y/And. F = F)
- En una zona geográfica delimitada donde la probabilidad de que se registre un sismo de intensidad superior a la meramente perceptible o instrumental (captado sólo por los sismógrafos) es nula, al descartarse posibles daños, el riesgo es por tanto nulo o inexistente. En esta ocasión, aunque el peligro sí existe (en grado mínimo), el riesgo no. (V .Y/And. F = F)
- Si en un área objeto de análisis de riesgos no hay volcanes ni posibilidad de verse afectado por el efecto secundario de un volcán lejano, como fueron los casos de las explosiones del Cracatoa (1883) y de la isla (volcánica) de Santorí (c. 1500 a.C.), el riesgo es nulo o inexistente. (F .Y/And. F = F)
Esto no quiere decir que exista el “riesgo cero”, ya que esto se refiere al conjunto de todos los riesgos que pueden afectar a una zona determinada. Puede que tras un pormenorizado análisis de riesgos concluyamos que ciertos tipos de riesgos no tengan opción de darse en ciertos lugares, pero es imposible que exista algún área poblada del planeta ajena a cualquier situación de riesgo.
Al emprender las tareas de previsión, prevención y planificación, que por este orden conforman las antesalas de la Protección Civil, el análisis de riesgos debe encaminarse a identificar en primer lugar los riesgos específicos a los que está sometido el territorio objeto de estudio, separando los que existen de los que no existen y centrándose en los existentes con objeto de calcular sus posibles consecuencias y planificar estrategias que ayuden a minimizarlos o anularlos. La fórmula lógica que acabamos de plantear establecerá la relación de los riesgos existentes en un momento concreto de la secuencia temporal (esta relación debe ser revisada cada cierto período de tiempo). Para ello deberemos partir de un inventario de peligros exhaustivo –sin entrar a valorar a priori sus probabilidades de ocurrencia–, documentándonos histórica o técnicamente acerca de su posible influencia sobre el terreno, y someterlos a la fórmula. Por ejemplo, en el caso de España, por normativa legal, deben considerarse como mínimo las emergencias nucleares, situaciones bélicas, inundaciones, sismos, accidentes químicos, transporte de mercancías peligrosas, incendios forestales y riesgos volcánicos (para el caso de las Islas Canarias); pero esta lista puede e incluso debe ampliarse a otros tales como tsunamis, riesgos meteorológicos (p. ej. huracanes, tifones, tornados…), riesgos climáticos (p. ej. sequías), otros riesgos geológicos (p. ej. desprendimientos de rocas, deslizamientos de ladera, hundimientos…), epidemias y plagas, incendios y explosiones, contaminación atmosférica (p. ej. ozono troposférico, smog…) y terrorismo. Se han dado casos de poblaciones que en su ámbito de planificación de emergencias no han incluido como sucesos probables algunos acontecimientos históricos y bien documentados en su área geográfica, confundiendo de este modo lo “histórico” con lo “anecdótico”. Bien es cierto que a veces se dan situaciones difícilmente explicables o que la memoria no alcanza a recordar, pero no debemos equivocarnos: la lógica y la probabilidad con que hemos de calcular los fenómenos potencialmente perniciosos nos dicen que si ha ocurrido una vez, puede ocurrir más veces, a menos que hayamos tomado las medidas oportunas como para anular completamente el riesgo.
Fórmula cuantitativa
Sigamos adelante. Una vez extraída la relación de los riesgos que nos preocupan, debemos ahora establecer un método o fórmula cuantitativa con que poder averiguar de la forma más aproximada posible el volumen de los daños esperados tras la ocurrencia de un suceso nefasto. Por lo tanto, a partir de nuestro planteamiento lógico tenemos que avanzar hacia otro razonamiento ¿matemático o probabilístico?
El concepto de riesgo, como dijimos al comienzo, lleva implícito la idea de probabilidad: la probabilidad de que suceda algo y la probabilidad de que ese algo cause algún daño o pérdida. Es por ello que el cálculo del riesgo, si es que éste tiene opción de presentarse, sólo podría determinarse por un cálculo de probabilidades, al menos en lo que se refiere a la previsión de situaciones que puedan derivar en un desastre. Por ello nos resulta especialmente acertada la afirmación de Narcís Mir, para quien el riesgo es “una magnitud estadística que se define como el valor esperado de las pérdidas (medida en vidas humanas, lesiones, daños en el patrimonio material privado y público, etc.)”. Pero necesitamos saber mucho más, necesitamos un dato más concreto, esto es, conocer el grado de destrucción o el índice del riesgo al que estamos sometidos o, dicho de otro modo, la vulnerabilidad. ¿En qué medida somos vulnerables ante un peligro? El cálculo del riesgo equivale a la vulnerabilidad de un área geográfica y todo lo que contiene (población, infraestructuras, edificios, ecosistemas, tejido industrial y económico, etc.). Vulnerabilidad, a su vez, es el grado o capacidad de respuesta o perdurabilidad de todos esos elementos contenidos en el área geográfica de influencia frente a un peligro específico. Por otra parte, también debemos entender que el peligro no es siempre uniforme ni lineal ni regular, no se presenta siempre con la misma fuerza ni con la misma dimensión espacial ni durante el mismo tiempo. Consecuentemente, la vulnerabilidad se ha de expresar como la capacidad de respuesta o resistencia de todos los elementos expuestos a un peligro concreto en función de los parámetros con los que éste se presente (intensidad, expansión, duración…). Podemos decir, en resumen, que la vulnerabilidad se cuantifica restando al conjunto de parámetros o magnitudes que conforman el peligro (peligrosidad) la capacidad de respuesta (V = p – Re). Al tratarse de un cálculo de probabilidades, el resultado del análisis vendrá dado en tanto por uno de vulnerabilidad o, lo que es lo mismo, en tanto por ciento de riesgo.
En definitiva, el cálculo probabilístico del riesgo se obtendría a partir de la fórmula siguiente:
Todos los factores que componen esta fórmula vendrán dados en tanto por uno o en tanto por ciento, si traducimos la probabilidad (entre 0 y 1) a porcentaje; un resultado próximo al cero indicará un riesgo bajo y lo contrario, un riesgo alto o incluso total. Esta fórmula nos ayudaría a calcular los riesgos superiores al 0% ó cero por uno.
En la fórmula se observa claramente que la vulnerabilidad puede determinarse por la diferencia entre la peligrosidad y la capacidad de respuesta o reductibilidad. Esto quiere decir que el 100% de peligrosidad lo podemos contrarrestar con el 100% de respuesta o resistencia. Si sólo consiguiéramos una capacidad de respuesta del 80%, la vulnerabilidad, y por tanto el riesgo, sería igual a un 20% en daños y pérdidas. También puede darse el caso contrario, es decir, que un suceso probable con un 60% de capacidad destructiva (supongamos un sismo de 5º en la escala de Richter) puede ser correspondido con un 80% de respuesta, consiguiendo un resguardo del -20% de vulnerabilidad, o lo que es lo mismo, podría absorber en esta ocasión el 33% más de peligrosidad del riesgo, anulando por consiguiente los efectos del mismo. Como el valor del riesgo no puede ser menor que cero, en este ejemplo observamos dos cosas: una, que el riesgo es nulo o inexistente porque los mecanismos de respuesta están lo suficientemente preparados como para afrontar y anular el peligro, y dos, que estaríamos lo bastante capacitados como para hacer frente a un peligro un tercio más intenso. No obstante, el hecho de que hayamos logrado anular el riesgo no significa que el peligro haya dejado de existir.
Ahora bien, ¿qué nos ayudará a calcular los porcentajes de peligrosidad y respuesta o qué debemos tener en cuenta a la hora de estimar esas proporciones? En el caso de la peligrosidad del suceso debemos considerar al menos tres parámetros ineludibles: la fuerza (intensidad, volumen, virulencia, velocidad…), el tiempo (predictibilidad, duración, persistencia, frecuencia de aparición…) y la extensión (amplitud geográfica y atmosférica). Por su parte, la capacidad de respuesta o resistencia se debe calcular en base a dos parámetros como mínimo: exposición y mecanismos de respuesta propiamente dichos. Dentro de la exposición habría que incluir todos los elementos que se encuentren dentro del área potencialmente afectada y que por tanto se hallen expuestos al peligro: población, infraestructuras, edificios, ecosistemas, bienes patrimoniales públicos y privados, tejido industrial, etc. Cuanto más meticuloso sea este estudio y mejor identificados estén todos y cada uno de estos elementos, mayor fiabilidad y exactitud ofrecerá el resultado de la evaluación de los riesgos.
| Peligrosisad | Respuesta |
1. Fuerza
| 1. Exposición
a) Estructurales
|
Los mecanismos de respuesta juegan también un papel fundamental en el cálculo de la vulnerabilidad de un entorno físico. Si, una vez identificados los peligros, delimitamos las posibles áreas de influencia (mapas de peligrosidad), podremos colaborar en la reducción de los efectos destructivos sobre los elementos expuestos al impacto (mapas de riesgo) asumiendo todas las medidas de protección posibles y adecuadas que contrarresten la virulencia del suceso. No basta con que estas medidas sean estructurales sino que también hay que aplicar otras no estructurales; estructurales serían por ejemplo la aplicación de técnicas constructivas sismorresistentes, apertura de cortafuegos forestales, implantación de redes de alerta sísmica y de contaminación atmosférica, equipamientos contraincendios en edificios, construcción de buques petroleros de doble casco, obras hidráulicas de encauzamiento y regulación de cuencas, reforestación, etc. Las medidas no estructurales serían tanto o más importantes incluso que las anteriores, aunque ambas tienen que ir en consonancia; aquí cabría destacar la disponibilidad de centros de coordinación de emergencias propios y permanentes, elaboración de planes de contingencia, un correcta ordenación territorial que limite los usos del suelo, provisión de fondos de catástrofe para amortiguar las pérdidas, establecimiento de planes de protección y autoprotección, mecanismos de información a la población, catálogo de medios y recursos movilizables, planes de evacuación, etc. Los elevados costes y la escasa rentabilidad política que supone atender todas estas medidas tendentes a reducir la vulnerabilidad –éste es el principio de la seguridad sostenible– está llevando a las regiones del mundo más desfavorecidas económicamente a convertirse también en las más desprotegidas y vulnerables. Estas no sólo padecen un cuantioso volumen de pérdidas de vidas humanas y materiales por cada catástrofe que padecen sino que además ven comprometido gravemente su desarrollo, suponiendo en la mayoría de los casos una más que preocupante involución económica y social que hipoteca a las sociedades que las sufren.
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